12/08/2015

Lo siguiente tras lo siguiente: interfaces de control mental, o BCIs

En el mundo de la creatividad existe un concepto que define el mejor producto como aquel que no existe, pero que cumple con todas las funciones que se espera de él. Es el principio de idealidad. Así, la mejor correa para perros del mundo seria aquella que, sencillamente, no existiese, pero que aún así permitiese tener controlada y segura a nuestra mascota.



Las comunicaciones inalámbricas nos acercan en muchos casos a este objetivo utópico, pero siempre atractivo. Algunas aplicaciones y servicios dan un paso más, como Digits, gestionando los ahorros bancarios de una manera sencilla y sin una interfaz concreta, con una comunicación a base de mensajes de texto. 

Los relojes smart y las pulseras electrónicas también cumplen con parte de esa función. Un simple movimiento de muñeca me informa sobre las llamadas entrantes, las pulsaciones, o el correo inesperado.

Un paso más está a punto de producirse, con la irrupción comercial de sistemas BCI, o Brain-Computer Interface. Aunque con años de recorrido en el ámbito científico y clínico, y con empresas que ya llevan años ofreciendo este tipo de productos al mercado, es ahora cuando empiezan a surgir versiones a precio ajustado y capacidades que se acercan al mercado de masas. Sin ser todavía una categoría de producto como las anteriormente mencionadas -relojes, móviles, ...-, el potencial es, en mi opinión, aún mayor, aunque también con grandes desafíos.

Un sistema BCI es aquel que permite obtener información de nuestro cerebro, generalmente a través de electroencefalogramas (EEGs), que es transformada en algún tipo de acción concreta por parte de un dispositivo o aplicativo. Su uso principal ha sido el clínico, procurando capacidades perdidas o inexistentes en pacientes, como por ejemplo el control mental de prótesis. 



Pero es en el ámbito comercial donde los sistemas BCI tienen más posibilidades de crecimiento -lo cual, indirectamente, influirá positivamente en los proyectos de investigación-. Los factores de adopción de esta categoría son:
  • Tamaño. En la actualidad los sistemas BCI no intrusivos -aquellos que no exigen cirugía-son cascos bastante ligeros, pero todavía muy aparentes. Si parte del fracaso de Google Glass fue su aparatosidad, está claro que los BCIs adoptables han de ser aún más pequeños, donde apenas los terminales de medición sean visibles.
  • Incomprensión. Aunque los móviles y los relojes han sufrido y sufren de ciertas reticencias por parte de usuarios potenciales, debido principamente a temas relacionados con privacidad y propiedad de los datos... aquí estamos hablando de empresas que almacenan información cerebral. Aunque en el estadio actual las señales eléctricas almacenadas no proveen ninguna clase de información útil a esas empresas, y no tendría sentido comercial el venderla a terceros, cualquier decisión a este respecto conforma la base comercial y legal de lo que pueda llegar después. 
  • Ética y moral, hacking. Como se ha mencionado anteriormente, los sistemas BCI actuales son básicamente lectores EEG. No hay ningún tipo de retroalimentación al cerebro (más allá del calor que puedan generar los cascos :)). Pero ya existen cascos TDCS (trans-craneal direct current systems, sistemas transcraneales de corriente directa) que emiten corriente eléctrica a zonas específicas del cerebro (micro voltios), por lo que no es descabellado pensar en un futuro cercano donde sí haya ese feedback al cerebro. Evidentemente habrá muchos impedimentos legales y éticos. Se abre la puerta al 'hacking cerebral', ya sea a propósito (personas que modifiquen las señales eléctricas que se envían de vuelta al cerebro para vaya usted a saber qué oscuros objetivos), o, quizá peor al principio, por error de los productos creados (un 'bug' podría enviar señales incorrectas). Este será sin duda el punto que ralentizará el desarrollo de los sistemas BCI.
  • Aplicaciones. Pero la parte positiva de estos sistemas es el conjunto potencial de aplicaciones que se están creando, y se podrán crear en un futuro cercano. No solo videojuegos controlados mentalmente (lo cual, unido a la realidad virtual que ya estamos vislumbrando, daría paso al videojuego total), sino aplicaciones de meditación, de recomendación de productos (donde se demostraría si el neurokarketing funciona realmente o no), y, lo que me resulta más interesante, la utilización de aplicaciones existentes a través de un nuevo canal, un nuevo API cerebral, que exigirá una profunda reflexión acerca de cómo crear experiencias de usuario cuando las interfaces gráficas ya no son elementos accionables, sino de reflexión, recomendación y convencimiento a mentes pensantes. 

No estamos ahí todavía, pero la rapidez con la que están apareciendo cascos EEG, aplicaciones, y juegos, acelera este proceso. Incluso tenemos los ya mencionados cascos TDCS para, aparentemente, ayudar a mejorar la concentración, etc. La ciencia ficción ya se acerca, y no solo por el estreno de la séptima entrega de la Guerra de las Galaxias :).