6/09/2006

La triple razón del viaje a San Francisco




El viaje a San Francisco es importante por tres razones. La primera y fundamental es por mi participación en el congreso DEECS, en el que presentaré dos trabajos realizados en mi empresa, una liderada por Juan y otra por mí. En ambos casos son empujones importantes en nuestro objetivo de terminar nuestras tesis doctorales.
La segunda razón es la de visitar la recientemente abierta oficina en los USA, en Palo Alto. Aparte de la gran carga de trabajo que seguramente tendré, me interesa conocer el estilo de trabajo de esta oficina y del Silicon Valley (aunque soy consciente de que no estaré el tiempo suficiente para ello).
La tercera, volver a encontrarme con dos amigos que hace 10 añitos que no veo. Al igual que el viaje a Estocolmo sirvió para volver a encontrarme con amigos de esa época. Fueron muy buenos tiempos (pero no acepto comentarios en contra de mi camiseta!!!! :) ).

Hace ya bastantes años, creo que en el 99 o 2000, un profesor que conocí allí me pidió que escribiese sobre esa estancia, para una "newsletter" de la universidad en cuestión. Esto es lo que me salió:

Cuando la Felicidad se ve en una foto

Han pasado ya demasiados años y demasiados kilómetros como para pensar que fue un viaje más. Me imagino que la vida está llena de posibilidades, unas buenas, otras malas, unas sorprendentes, otras puramentes anecdóticas... esos mundos paralelos que se citan en las novelas de ciencia-ficción; de todas ellas, algunas ocurren en el que nos ha tocado compartir y, de este minúsculo número que nuestro pequeño confinamiento físico y temporal nos permite experimentar, algunos nos marcan, nos acompañan a partir de ese momento. Lo que aquí narro es una de esas pequeñas historias, como si de una película se tratase: corría el año 1996. Terminaba mi carrera en España, y necesitaba alejarme de muchas cosas... soy así de cobarde, así que me regalé un viaje a Baltimore, Maryland durante seis semanas, para realizar una "summer session". Quería unas vacaciones activas, nada de cursos de inglés que me dejaran vacío... cómo lo llaman... ah, sí, una "inmersión cultural". El curso era lo de menos, era una excusa.
Mi morada se encontraba en el campus, compartiendo apartamento con otras tres personas: Chris, que hacía summer sessions, como yo; Martin, que estaba realizando un experimento de investigación, y Phil, con una beca de trabajo cerca de allí... cuatro tíos muy diferentes, con distintos puntos de vista, pasado, futuro, pero con el mismo presente.
Hay más protagonistas, en este caso femeninas: Yi, también con una beca, y Shiho, en un curso de inglés. Sin darme cuenta, toda esta gente se iba metiendo en mi vida. Poco a poco, íbamos quedando por las tardes, saliendo los fines de semana, haciendo fiestas, viajando (Baltimore, Washington, New York, ...), hablando, abriendo nuestras almas, contándonos sentimientos que no habían tenido voz hasta ese momento.

La clase por la cuál había ido me quitaba muy poco tiempo, así que "me busqué la vida" para realizar alguna otra actividad; en seis semanas no hay mucho tiempo, y yo era nuevo allí: ¿quién iba a confiar en mí? No podía meterme en un proyecto de tres, cuatro, seis meses, seguro que en la mayoría de los sitios me hubieran dicho que si lo que quería era aprovechar mi tiempo, que alquilara un coche y viajara. Buen consejo, sin duda, pero mi bolsillo no estaba tan de acuerdo. Al fin y al cabo, quería un poco de actividad mental. Me costó un poco, pero mereció la pena: un profesor del departamento de lengua hispana me permitió ayudarle en un proyecto que me permitió conocer un poquito la realidad hispana en Norteamérica; en España sólo llegan las noticias más radicales, para bien o para mal, y se pierde el fondo original. A través de este proyecto, y a pesar de las escasas semanas, tuve tiempo de metérmelo muy dentro, y quedármelo para siempre.

Las semanas fueron pasando. En una de ellas conocí a un paisano, que estaba estudiando allí un Master. Fue debido a que yo llevaba una camiseta de mi universidad allá en España una tarde que me acerqué al gimnasio. Esas casualidades de las que escribía al principio. Debido a su ilusión por estudiar allí, por las cosas que me contó, estuve a punto de hacer el doctorado en los Estados Unidos. Hay veces que todavía me lo planteo...

Pero, a estas alturas, os estaréis preguntando que de qué va esto, que dónde está la anécdota, el punto, el noúmeno. Pero es que esta no es una historia convencional, pues, aunque tiene comienzo y desarrollo, el final está aún por escribir. Yo me fui a las seis semanas, cuando concluyó mi curso, y no he vuelto a América desde entonces. Pero existen dos cosas que nos han permitido a TODOS seguir en contacto: una es el correo electrónico; estoy seguro de que sin esta herramienta, no estaríais leyendo estas reflexiones. Segundo, y más importante, la ilusión que seguimos poniendo todos y cada uno de nosotros en mantener estas relaciones. La amistad es un puente que se tiende entre dos personas, pero en este caso, lo bañan las olas de ese verano, que no permite que se desgaste; los correos que nos mandamos siguen teniendo esa magia que se podía oler en aquellas semanas que estuve en Maryland. Mi novia me dijo el otro día que en todas las fotos de aquella experiencia tengo una sonrisa que no se ha vuelto a repetir, una de total felicidad. Yo no creo que sea cierto, he de agradecer que he tenido muchas oportunidades de ser feliz desde entonces, pero algo de especial hubo de tener cuando no hemos dejado de mantener el contacto, cuando Martin y su novia han venido a mi casa, y mi novia y yo a la suya, al verano siguiente. Cuando, cada vez que pasa por Madrid, el "paisano" y yo hacemos por vernos, cuando estoy haciendo planes para ir a California, con la única intención de visitar a Yi y a Phil.... cuando, años después, ese profesor que me dio una oportunidad, al escuchar mi historia, me ha pedido que os la cuente...

Uno siempre está buscando el sentido de la vida, preguntas sin respuesta, como "quiénes somos", "hacia dónde vamos", "de dónde venimos". Yo sigo sin haberlas encontrado, ni lo haré, pero sé que esas seis semanas estuve muy cerca de ello. Ah, y por si sirve para darse cuenta de lo mucho que tenemos que aprender, se me olvidaba decir que Chris es afroamericano, Martin es sueco, Shiho es japonesa, Yi es china, Phil es californiano, de ascendencia china, y yo español... y llegó un momento en que no nos dábamos cuenta, éramos personas disfrutando de la oportunidad que un lugar, un momento, y un encuentro, se nos dio.

Gracias, Alan, por esta oportunidad.

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